«Estoy cabreado». Atacan la mansión de Sam Altman con un cóctel molotov
Son las 4 de la madrugada en San Francisco. Alguien lanza un cóctel molotov contra una mansión en Russian Hill. La puerta exterior arde. No hay heridos. Es la casa es de Sam Altman, CEO de OpenAI, propietaria de la IA de ChatGPT.
El atacante huye a pie. No va lejos. Minutos después aparece en la sede de OpenAI, en Mission Bay. Amenaza con quemar el edificio. La policía lo identifica por su descripción. Es un hombre de 20 años. Lo detienen en el acto.
Esa noche, Sam Altman rompe su silencio en redes sociales.
Su acto es defensivo, pero desafortunado. Altman publica una foto de su marido y su bebé. Lo hace, dice, con la esperanza de disuadir a la próxima persona que quiera lanzar otro explosivo contra su casa.
Escribe que lleva días dando vueltas a un artículo de The New Yorker que le tildaba del mayor mentiroso de la industria de Silicon Valley.
En su blog personal escribió: «Ahora estoy despierto en mitad de la noche y enfadado, y pensando que he subestimado el poder de las palabras y las narrativas».
El ataca sucede en medio de dos hitos para la tecnológica de ChatGPT.
OpenAI acaba de publicar un paper en el que pide a los Gobiernos un nuevo pacto social para la era de la inteligencia artificial, ante los despidos masivos que se avecinan.
Semanas antes, había firmado un contrato millonario con el Departamento de Defensa de Donald Trump.
El mismo Altman que pide a los Estados que regulen la IA, negocia con el Pentágono.
Los analistas de EE UU advierten. No se puede asumir un discurso apocalíptico sobre el futuro de las personas y esperar que no suceda nada tan terrible como que un loco tire un cóctel molotov a la puerta de tu casa.
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